Cáncer de mama, un riesgo añadido

Un estudio realizado por investigadores españoles ha mostrado que la carga total en el organismo de contaminantes ambientales con efecto estrogénico (que se comportan igual que estas hormonas) puede influir en la aparición del cáncer de mama. El trabajo se enmarca en un proyecto europeo cuyo fin es estudiar más a fondo estos llamados disruptores endocrinos.

En el origen del cáncer de mama, la genética no lo es todo. La influencia de los factores ambientales es un hecho reconocido desde hace tiempo. Dentro de este capítulo, destacan tres grupos, aunque hay que dejar claro que ninguno de ellos por sí mismo implicaría el desarrollo de esta patología, sino sólo un riesgo mayor, una predisposición.

La radiación ionizante supone la relación más clara entre factores ambientales y cáncer de mama. El ejemplo clásico es el efecto de los rayos X sobre la génesis de esta enfermedad.

El segundo gran grupo está constituido por la exposición a sustancias químicas carcinogénicas a través de la dieta. Tras más de una década de investigaciones, ganan por mayoría aquellas que apuntan a que el residuo de pesticidas organoclorados, como el DDT, no se relaciona con un mayor riesgo de cáncer de mama. Sin embargo, los especialistas que barajan la tesis contraria opinan que esta clase de pesticidas influyen en el desarrollo de esta enfermedad por dos razones.

La primera es que algunos de ellos alteran el ADN y, por este motivo, han sido prohibidos. Pero se le ha sumado otra hipótesis: que ciertos pesticidas, una vez dentro del organismo, mimetizan, suplantan o modulan la acción de las hormonas endógenas, es decir, actúan como disruptores endocrinos, que alteran ese delicado equilibrio vital. Y estos mimetizadores hormonales pueden tener una influencia en el cáncer de mama debido a que, en su génesis, es hormonodependiente. En un principio, la lista de estas sustancias sólo incluía compuestos organoclorados (como los DDT), todos prohibidos, aunque su efecto permanece en el organismo. Sin embargo, se han ido incluyendo otros compuestos hormonalmente activos.

Finalmente, el tercer elemento es la dieta. La atención se ha centrado en los últimos años tanto en su papel protector frente al cáncer de mama (por ejemplo, la ingesta de soja en las mujeres orientales) como en su posible rol predisponente. En este punto se enmarca un estudio realizado por el grupo de investigación de Oncología Básica y Clínica de la Universidad de Granada, presentado recientemente ante un comité de expertos de la UE en Zurich.

Efecto “global”

En este trabajo se han seleccionado 200 pacientes con cáncer de mama recién diagnosticado y 300 de control (personas con la misma edad y procedencia, pero que no tienen la enfermedad) procedentes de los hospitales Clínico y Virgen de las Nieves, de Granada, y Torrecárdenas, de Almería. “Medimos en grasa un total de 17 residuos de pesticidas (todos los clásicos) y, de forma pionera, calculamos su estrogenicidad; esto es, el efecto estrogénico, debido a todos los compuestos acumulados (no sólo los 17 anteriores). Así obtuvimos un marcador de exposición”, explica el doctor director del estudio, cuyo grupo participa en el proyecto europeo EDEM (nuevos objetivos en disruptores endocrinos, por sus siglas en inglés).

Los resultados mostraron que las características de la población estudiada confirmaban los factores de riesgo ya conocidos (es más probable en mujeres que viven en ciudades, con estudios superiores o con cargos directivos, y en las que han tenido una regla temprana, fuman o beben alcohol de forma rutinaria). “También se ratifica que el factor con más peso es el de los antecedentes familiares, que eleva las probabilidades de sufrir esta patología cinco veces. Todo ello significa que no es una población extraña y que se comporta como el resto”, indica el doctor.

Con respecto al marcador de exposición, si la grasa estaba muy impregnada de contaminantes ambientales, el riesgo de cáncer de mama era casi cuatro veces mayor. “No se había conseguido un número tan alto, ni en los pesticidas, ni en ningún compuesto individual. Y es que nunca hasta ahora se había medido el efecto de todos ellos en su conjunto”, afirma este experto.

Además, se han encontrado asociaciones llamativas, como con los antecedentes familiares. Así, este factor familiar podría estar compuesto por una parte genética y otra de exposición. “También se asocia con el tabaco, pero se desconoce el motivo. Por tanto, se abre otra línea de trabajo: detectar cuáles son las sustancias del tabaco que influyen en esta estrogenicidad”, apunta el el doctor.

Sin embargo, el peso de esta carga estrogénica no está presente de por vida. Estos investigadores han comprobado que la mejor manera de “librarse” de ella son los embarazos y la lactancia. Los compuestos bioacumulables en grasa se movilizan en estos periodos, aunque se desconoce si ese peso se traspasa a los hijos o, en cambio, se descarga por otras vías; por ejemplo, a través del riñón.

[Total:0    Promedio:0/5]