Científicos diseñan un chip para controlar el apetito

Controlar el apetito es el caballo de batalla de los millones de personas que ven amenazada su salud por el fantasma de la obesidad. A pesar de proponerse comer menos, el hambre suele vencer a la voluntad más férrea. Sin embargo, la tecnología puede algún día acabar con el apetito más voraz. Científicos del Centro de Cirugía de Mínima Invasión de Cáceres trabajan en un microchip capaz de saciar a una persona al enviarle señales a su cerebro informándole de que el estómago está lleno por lo que no procede ingerir más alimento.

El dispositivo ha sido probado con éxito en conejos y actualmente se llevan a cabo ensayos con cerdos. Éste se basa en un microchip bastante sencillo y del tamaño de una moneda de un euro que se implanta en el nervio vago, cerca del esófago. «Se trata de un circuito integrado que envía corrientes continúas a través de este nervio que tiene muchas derivaciones hacia el corazón, los pulmones o el estómago. En concreto, participa en el vaciado gástrico. Lo que hemos conseguido en los animales es “engañar” al Sistema Nervioso Central y el cerebro crea que está lleno», explica Idoia Díaz-Guemes, investigadora de la Unidad de Laparoscopia del Centro de Cirugía de Mínima Invasión de Cáceres.

La búsqueda de un método de control de las ganas de comer surge de experiencias llevadas a cabo en ratas. Pero dado que en roedores se han curado todas las enfermedades imaginables, los científicos extremeños se aventuraron a probarlo en otras especies hasta llegar a una hipotética cima que estaría representada por el ser humano. El microchip que se ha insertado en los conejos y ahora en cerdos se programa en la Escuela de Ingeniería de Badajoz para que funcione con determinados parámetros de intensidad, duración y frecuencia de la corriente eléctrica. «En los conejos se redujo la ingesta de pienso y el peso corporal. Ahora que trabajamos con cerdos intentamos averiguar cuál es la corriente necesaria para lograr el mismo efecto. Pensamos que el nervio vago es más grueso en la especie porcina y por ello la reducción de la cantidad de comida no ha sido tan clara», añade Díez-Guemes.

Hay que tener en cuenta que cualquier sistema de electroestimulación de un nervio siempre debe observar la máxima de no lesionar el sistema nervioso. Aunque hasta el momento no se han encontrado con efectos no esperados en este sentido, los investigadores del centro cacereño saben que el camino será muy largo y «surgirán complicaciones –comenta la investigadora–. El horizonte para la aplicación clínica se ve lejos. Tras los experimentos en cerdos y si éstos resultan positivos, habría que hacer lo mismo no en animales sanos, sino en modelos experimentales con un problema de obesidad, para ver cómo actúa el microchip».

Según algunas previsiones, esta innovadora experiencia puede trasladarse al ser humano en el plazo de una década. En ese caso, el chip no emitiría corrientes eléctricas continuas, como se ha testado en animales, sino que el dispositivo sería activado a voluntad por el paciente o el médico con un mando a distancia. «Esto ya se aplica en otras enfermedades. La estimulación del nervio vago ya se emplea en el tratamiento de la epilepsia. Cuando el enfermo prevé un inminente ataque epiléptico se acerca un imán al nervio y activa la electricidad », asegura Díaz-Guemes. De llegar a convertirse en una realidad, el microchip extremeño puede ser una herramienta importante en la lucha contra la epidemia del siglo XXI.

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